En los últimos días se ha confirmado lo que no debería ocurrir jamás: patrulleras salvadoreñas han incursionado en aguas jurisdiccionales de Honduras. Un hecho de esta magnitud constituye no solo una provocación de El Salvador y de su presidente Bukele, sino una afrenta directa a la soberanía nacional, al respeto entre Estados y a la dignidad de nuestro pueblo.
Mientras las Fuerzas Armadas han declarado estar en alerta, las autoridades políticas de Honduras guardan un silencio que ofende. Callar ante una incursión extranjera es darle carta blanca a quienes pretenden probar los límites de nuestra paciencia y debilitar nuestra posición en el Golfo de Fonseca. Un país que no responde con firmeza a la intromisión de otro, corre el riesgo de normalizar la violación de sus fronteras.
Honduras no es ni será patio trasero de nadie. El mar, la tierra y el cielo que nos pertenecen han sido defendidos con sangre y sacrificio a lo largo de nuestra historia. La soberanía no se pide prestada, no se comparte, no se alquila: se ejerce y se defiende, aun frente a quienes creen que con provocaciones militares pueden doblegar la voluntad de un pueblo.
Es inadmisible que, en pleno siglo XXI, se intente desafiar la paz regional con actos que rozan la arrogancia y la irresponsabilidad. La respuesta hondureña debe ser firme, clara y unitaria. La diplomacia tiene sus tiempos, pero la defensa del territorio no puede esperar.
Este editorial no llama a la confrontación, pero sí exige dignidad. No basta con declaraciones tibias o con mirar hacia otro lado. Honduras debe hacer valer su voz en la región, elevar el tema a los foros internacionales y enviar un mensaje inequívoco: nuestra soberanía es intocable.
Que lo escuchen en San Salvador, en la región y en el mundo: Honduras sabrá responder, con honor y con unidad, a cualquier intento de menoscabar su integridad territorial.
Porque la patria no se vende, la patria se defiende.

