En las últimas horas, el panorama económico hondureño ha mostrado avances, pero también tensiones que mantienen en alerta a distintos sectores.
Por un lado, los indicadores reflejan que la economía nacional creció 3.9 % en el primer semestre del año, un desempeño impulsado principalmente por la demanda interna, el flujo de remesas y el dinamismo de algunas actividades productivas. Este ritmo supera al registrado en el mismo periodo del año anterior y envía una señal positiva en medio de un entorno global complejo.
No obstante, las luces de alerta no tardan en aparecer. La Empresa Nacional de Energía Eléctrica (ENEE) acumula pérdidas que superan los 3,900 millones de lempiras en lo que va del año. Aunque la cifra es menor a la del año pasado, las proyecciones indican que podría cerrar 2025 con más de 6,000 millones en rojo. A ello se suma la morosidad de los consumidores, que ya sobrepasa los 19,000 millones de lempiras, reflejo de la falta de liquidez de familias y empresas, y un peso adicional para el sistema eléctrico.
La deuda externa pública tampoco da tregua y ronda los 10,000 millones de dólares, lo que supone un incremento superior al 9 % respecto al año anterior. Este crecimiento plantea un desafío para las finanzas públicas y obliga al Estado a diversificar sus fuentes de financiamiento.
Otro factor de presión se observa en el mercado cambiario: se espera que entre agosto y octubre aumente la demanda de dólares debido al mayor volumen de importaciones con vistas a la temporada navideña, lo que podría generar tensiones adicionales en el acceso a divisas.
Mientras algunos sectores dan señales de recuperación, los problemas estructurales siguen pesando sobre la economía hondureña. El crecimiento actual convive con un sistema energético en crisis, una deuda pública creciente y presiones cambiarias que exigen respuestas inmediatas. El país se mueve entre la esperanza de la reactivación y la urgencia de enfrentar los viejos problemas que todavía arrastran a la economía nacional.

