Hubo una promesa que se repitió tantas veces en la campaña de Libertad y Refundación (LIBRE) que terminó por sonar a verdad: vender el avión presidencial, ese símbolo del despilfarro heredado del gobierno de Juan Orlando Hernández. Se dijo en mítines, se dijo en entrevistas, se dijo en cadena nacional. Y no se hizo. Este viernes, el gobierno de Nasry «Tito» Asfura lo vendió. En una subasta pública, con veeduría institucional, en menos de seis meses de gestión.

La promesa que se quedó en el hangar
Durante la administración de Xiomara Castro, la venta del Embraer Legacy 600, adquirido en 2014 por 14 millones de dólares en medio de denuncias de corrupción, se anunció en reiteradas ocasiones. Nunca se concretó. Lo que sí ocurrió fue otra cosa: se destinaron más de 64 millones de lempiras a mantenimiento y pintado del aparato, que terminó asignado a la Fuerza Aérea Hondureña. Cuatro años de gobierno, una promesa de campaña, y el avión siguió volando con cargo al Estado.
Es una historia que se ha vuelto familiar para el hondureño de a pie: el discurso de austeridad y ruptura con el pasado que, en la práctica, terminó administrando exactamente lo que decía combatir.
Otro gran ejemplo, la promesa de la CICIH y… bueno esta historia ya también la conocemos, nada de nada, solo promesas vacías.
Lo que Asfura hizo en su primer semestre
El presidente del Congreso Nacional, Tomás Zambrano, lo resumió con precisión: «En su primer acto como presidente solicitó al Congreso Nacional autorizar la venta del avión. Antes de cumplir seis meses de gobierno, ya tiene lista la subasta y hay ofertas sobre la mesa.» El 26 de enero, el Congreso autorizó la enajenación. Este 10 de julio, en la Base Aérea Hernán Acosta Mejía, el proceso se cerró: la empresa mexicana Thebe Ingeniería & Consultoría se adjudicó la aeronave por 137.7 millones de lempiras, unos 5.1 millones de dólares, tras una subasta pública internacional supervisada por el Tribunal Superior de Cuentas y la Procuraduría General de la República como observadores institucionales.
Todo el proceso (recepción de ofertas, apertura de sobre y adjudicación) se resolvió en menos de tres horas la misma mañana del viernes. Transparencia, veeduría y resultado, en el tiempo que a la administración anterior no le alcanzaron cuatro años.
Recursos con destino claro
El gobierno confirmó que lo recaudado se destinará a fortalecer salud y educación, cumpliendo así no solo la promesa de vender el avión, sino también el compromiso de que su venta tuviera un propósito social concreto y verificable, no una simple baja contable. La cuenta oficial de la Presidencia lo celebró con una frase que resume el contraste: «¡Misión cumplida!»
Como bien lo planteó Zambrano, la diferencia entre administraciones no está en los anuncios, sino en la ejecución: «Esa es la diferencia entre un gobierno que cumple sus promesas y otros que usaron al pueblo hondureño solamente para llegar al poder y luego los olvidaron.»
Una promesa, dos gobiernos, un solo resultado
El avión presidencial se convirtió, sin proponérselo, en una fotografía perfecta de dos formas de gobernar. Una que prometió austeridad y terminó gastando más de 64 millones de lempiras en mantener el símbolo que decía combatir. Otra que, desde el primer acto de gobierno, convirtió la palabra empeñada en decreto, y el decreto en subasta pública, transparente y con destino social definido.
Cumplir no es un eslogan. Es un avión menos en el hangar y millones más para salud y educación. Esa es, hoy, la diferencia de este gobierno nacionalista.

