Honduras camina hacia la sombra: el espejo nicaragüense y la amenaza a la fe

Honduras camina hacia la sombra: el espejo nicaragüense y la amenaza a la fe

En Nicaragua, la fe ya no es un refugio, sino una trinchera. Lo que alguna vez fue el corazón espiritual del país se ha convertido en objetivo político. Desde 2018, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha desplegado una persecución sistemática contra la Iglesia católica y las congregaciones evangélicas, encarcelando, desterrando y silenciando a sus líderes. Las cifras estremecen: más de 50 religiosos —entre sacerdotes, obispos y pastores— han sido expulsados; 74 permanecieron presos en distintos momentos; procesiones prohibidas; templos vigilados como si fueran cuarteles enemigos.

El caso del obispo Rolando Álvarez marcó un antes y un después. Primero lo confinaron a su casa, luego lo enviaron al exilio. El mensaje era claro: en la Nicaragua de Ortega, el púlpito no está por encima del poder. Un sacerdote exiliado relató a medios internacionales cómo, durante meses, policías infiltrados asistían a las misas, anotaban nombres de feligreses, interrogaban a quienes osaban rezar por “la libertad de Nicaragua”. Una monja que dirigía una guardería en Masaya describió la transición del afecto popular a la hostilidad oficial: “Antes nos saludaban con cariño… ahora cruzan la calle para no mirarnos”.

Estos no son episodios aislados, sino parte de un modelo de control total. Y aquí es donde la historia nos obliga a levantar la vista: Honduras, en pleno 2025, se está acercando peligrosamente a ese modelo.

Hace apenas unas semanas, una delegación oficial hondureña, encabezada por el vicecanciller Gerardo Torres y acompañada de diputados de Libre, viajó a Managua para celebrar el 46.º aniversario de la revolución sandinista. No fue un gesto cultural ni un acto diplomático rutinario. Fue una muestra de afinidad política con un régimen que encarcela obispos y expulsa pastores. En el escenario, al lado de Ortega y Murillo, sonreían los representantes de nuestro país. En la diplomacia, los gestos importan tanto como las palabras; y este gesto gritó complicidad.

El vínculo ideológico es evidente. El sandinismo, que enarbola el discurso de la “autodeterminación de los pueblos”, lo ha convertido en una coartada para pisotear derechos humanos. En nombre de esa autodeterminación, se prohíben procesiones, se confiscan emisoras religiosas, se reduce la fe a un acto privado, vigilado y sometido. Y al aplaudirlo, Honduras no está defendiendo la independencia nacional: la está hipotecando.

Porque la independencia no solo se pierde ante ejércitos extranjeros; también se entrega a cambio de lealtades políticas con autocracias. En este caso, la sumisión es múltiple: a Nicaragua, a Venezuela, a China, a Rusia e incluso a Irán, todos regímenes que, con matices, comparten el desprecio por la disidencia y la fe libre.

Lo que ocurre en Managua hoy podría ser el titular de Tegucigalpa mañana. La represión nicaragüense empezó con leyes ambiguas sobre “seguridad nacional” y “regulación de ONG” que luego se usaron para cerrar organizaciones religiosas. En Honduras, ya hemos visto ataques verbales contra líderes eclesiales, campañas de descrédito en redes afines al oficialismo y, más recientemente, protestas organizadas contra actividades religiosas, como la caminata de oración prevista en Tegucigalpa. El patrón se repite: primero se desacredita, luego se limita, después se reprime.

Los opositores nicaragüenses en el exilio lo advierten sin rodeos: “No se llega a este punto de un día para otro. Empieza con la burla, sigue con la vigilancia, luego viene la ley y después la cárcel”. En sus palabras hay una advertencia directa a Honduras. La libertad de culto —como la libertad de prensa o la independencia judicial— no se pierde de golpe; se erosiona mientras el pueblo mira hacia otro lado.

Este es el punto de quiebre. Si Honduras sigue respaldando a regímenes que han hecho de la fe un enemigo del Estado, no solo se arriesga a perder su soberanía moral, sino también a importar sus métodos represivos. Y cuando eso pase, no habrá procesión, misa o culto que no esté bajo sospecha.

El espejo nicaragüense no miente. Lo que vemos allí es el futuro que se asoma aquí, si dejamos que nuestra política exterior siga arrodillándose ante dictaduras y entregando, por afinidad ideológica, la independencia que nuestros mayores forjaron con sangre y fe.