Honduras visto por el BID: remesas récord, reservas sólidas y una institucionalidad urgente

Honduras visto por el BID: remesas récord, reservas sólidas y una institucionalidad urgente

El Informe Macroeconómico de América Latina y el Caribe 2026, elaborado por los economistas João Ayres y Luciana Juvenal bajo la supervisión de la economista jefe del BID, Laura Alfaro Maykall, constituye el análisis más completo disponible sobre la región. Sus páginas sitúan a Honduras en cuatro contextos determinantes: el de las remesas, donde encabeza el ranking regional; el de las reservas internacionales, donde clasifica en la élite de cinco países; el de la calidad institucional fiscal, donde cae en el grupo más bajo; y el de la transición demográfica y productiva, desafío común a toda Centroamérica que el país no puede seguir postergando.

Honduras entra al año 2026 instalada en una paradoja que el Banco Interamericano de Desarrollo documenta con precisión en su más reciente informe macroeconómico: la economía hondureña posee algunos de los mejores amortiguadores externos de la región —las remesas de sus migrantes y un nivel de reservas internacionales envidiable para sus vecinos—, pero arrastra déficits institucionales que le impiden convertir esa estabilidad en crecimiento sostenido. El retrato que emerge del informe no es el de un país en crisis, sino el de uno que depende críticamente de fuerzas externas para mantenerse a flote y que aún no ha construido los cimientos internos que permitirían navegar con autonomía los ciclos económicos globales.

El documento analiza la evolución de la región en su conjunto, pero los datos que involucran a Honduras son lo suficientemente específicos y reveladores como para construir con ellos una lectura de país. América Latina y el Caribe creció un 2,2 % en 2025 y se espera que lo haga un 2,1 % en 2026, en línea con su promedio histórico. Honduras forma parte del bloque centroamericano —junto a Belice, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Panamá— que históricamente ha crecido por encima del Cono Sur y los países andinos, impulsado por una expansión sostenida del factor trabajo. Pero ese motor, advierte el BID, se está agotando.

Las remesas: cuando el 20 % del PIB viene del exterior

El dato más impactante que vincula a Honduras con el informe del BID es el de los flujos de remesas. En el gráfico que el organismo dedica a las economías con mayor proporción de transferencias respecto a su producto interno bruto, Honduras ocupa el primer lugar de América Latina y el Caribe, con cifras que en 2019, 2024 y en el acumulado de 2025 superan sistemáticamente el 20 % del PIB. La lista la completan, en ese orden, Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Haití.

Para una economía del tamaño de Honduras, esa cifra no es un complemento marginal del ingreso: es un verdadero pilar macroeconómico. Las remesas financian el consumo de millones de familias, estabilizan el tipo de cambio, alivian las presiones sobre la balanza de pagos y, en muchos municipios del occidente y sur del país, son la principal fuente de liquidez. El BID lo señala sin ambages: en varios países centroamericanos, las remesas representan entre el 20 y el 30 % del PIB, y ese amortiguador, aunque sigue resistiendo, está comenzando a cambiar en cuanto a su composición, intensidad y geografía.

La buena noticia más reciente es la magnitud del crecimiento de esos flujos. A lo largo de 2023 y hasta 2024, las remesas reales hacia el bloque formado por El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua crecieron más de un 25 % en algunos trimestres, en contraste con México, que experimentó durante el mismo período una marcada desaceleración, con tramos de crecimiento plano o ligeramente negativo. Ese quiebre de la sincronización histórica entre los dos destinos llama la atención de los economistas del BID, que dedican un recuadro entero del capítulo sobre cuentas externas a analizar sus causas.

Las remesas a Honduras y sus vecinos centroamericanos están vinculadas principalmente a motivos de subsistencia, lo que las hace más estables ante la incertidumbre que las destinadas a México, donde el componente de inversión y ahorro discrecional es mayor.

Parte del auge reciente tiene, sin embargo, una causa menos estructural y más táctica: el BID detecta indicios de que los migrantes centroamericanos aceleraron sus transferencias de forma preventiva ante la expectativa de un impuesto del 1 % sobre las remesas internacionales que estaba siendo discutido en el Congreso de Estados Unidos para entrar en vigor en 2026. Este efecto anticipatorio, combinado con el aumento de las horas trabajadas y ciertos avances en el mercado laboral estadounidense, explica buena parte del salto en el margen intensivo —el monto promedio enviado por cada migrante ya insertado en la fuerza laboral—, más que por un aumento en el número total de hondureños trabajando en el exterior.

El informe introduce además un nuevo índice de incertidumbre migratoria construido a partir de la cobertura mediática en Estados Unidos. Ese índice ha demostrado reducir el crecimiento interanual de las remesas a México hasta en 12 puntos porcentuales durante los períodos de alta tensión política, pero su efecto sobre Centroamérica es notablemente menor. La explicación es que en Honduras y sus vecinos el grueso de los envíos responde a necesidades de subsistencia básica de los receptores, no a decisiones de inversión discrecional, y eso los hace más inelásticos ante la retórica antiinmigración. Con todo, el BID advierte que esta relativa resistencia no es inmunidad: cambios estructurales que reduzcan el stock de migrantes centroamericanos en la fuerza laboral estadounidense o deterioren de forma duradera sus condiciones salariales sí impactarían los flujos que sostienen la economía hondureña.

Reservas internacionales: Honduras en la elite de cinco

La segunda noticia positiva que emerge del informe para Honduras es su posición en materia de reservas internacionales. El documento clasifica los países de la región en dos grupos para analizar la dinámica de los pagos de intereses de la deuda pública: los que tienen reservas superiores al 20 % del PIB y los que se ubican por debajo de ese umbral. Honduras clasifica en el primer grupo, junto a Guatemala, Paraguay, Perú y Uruguay. Son apenas cinco economías de toda América Latina y el Caribe que alcanzan ese estándar.

La implicación práctica es directa. El BID demuestra que los países con reservas altas han logrado mantener una carga de intereses de deuda más estable y predecible, con menor necesidad de recurrir a endeudamiento nuevo para financiar sus balances. Quienes están por debajo del umbral han sufrido lo que el informe llama una doble penalización: mayor dependencia de préstamos frescos y menor capacidad para absorber el alza de las tasas de interés mundiales de los últimos años. En otras palabras, las reservas actúan como un escudo que desacopla parcialmente las finanzas públicas de la volatilidad de los mercados internacionales.

Los países con menores reservas han estado sujetos a una doble penalización: una mayor dependencia de nuevos préstamos y una menor capacidad para absorber el aumento de las tasas de interés mundiales. Esta dinámica agravó las vulnerabilidades existentes y ejerció una presión adicional sobre las finanzas públicas y los saldos externos, especialmente en las economías con amortiguadores limitados.

Ese escudo resulta especialmente valioso en el entorno actual. Las tasas de interés de largo plazo en las economías avanzadas se mantienen elevadas, la deuda pública mundial crece y los spreads soberanos, aunque en niveles históricamente contenidos para la región —la mediana del EMBIG se situó en 209 puntos básicos a finales de 2025, frente a los 268 de 2019—, pueden revertirse con rapidez si cambia la percepción de riesgo internacional. Para Honduras, llegar a ese eventual escenario adverso con reservas robustas marca una diferencia crucial respecto a los ciclos de crisis anteriores.

La cuenta pendiente: institucionalidad fiscal en el grupo bajo

El capítulo más incómodo del informe para Honduras es el fiscal. El BID clasifica a los países de la región según la solidez de sus instituciones y marcos de política presupuestaria, y Honduras queda en el grupo de baja calificación institucional, junto a Argentina, Barbados, Belice, Bolivia, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guyana, Haití, Nicaragua, Suriname y las Bahamas. El grupo de alta calificación, en cambio, incluye a Brasil, Chile, Costa Rica, Guatemala, Jamaica, México, Panamá, Paraguay, Perú, Trinidad y Tobago y Uruguay.

Esta clasificación no mide únicamente el tamaño del déficit o el nivel de la deuda. Evalúa la calidad de las reglas fiscales, la credibilidad de los compromisos presupuestarios, la eficiencia del gasto público, la capacidad de respuesta institucional ante shocks y la madurez de la administración tributaria. En ese diagnóstico más profundo es donde Honduras encuentra sus mayores vulnerabilidades. El BID advierte que, en el contexto de tasas de interés mundiales elevadas y condiciones financieras restrictivas, los países con instituciones fiscales más débiles tienen menor margen de maniobra para absorber choques externos y enfrentan costos de financiamiento más altos.

En el gráfico que el organismo dedica a la descomposición de los cambios en los saldos fiscales durante 2025, Honduras muestra una variación modesta del saldo total, en torno a cero o ligeramente negativa en puntos porcentuales del PIB. La lectura es ambivalente: no hay deterioro dramático, pero tampoco hay consolidación real. Los gastos corrientes siguen siendo la categoría dominante, y la inversión pública permanece contenida, repitiendo el patrón que el BID identifica como uno de los principales problemas de la región a lo largo de décadas.

El espacio fiscal a menudo se desperdicia en expansiones del gasto corriente durante los períodos de bonanza, mientras que la inversión se comprime de manera desproporcionada durante los períodos de consolidación.

A esa debilidad estructural se suma un riesgo físico de enorme relevancia para Honduras: los desastres naturales. El BID documenta que los huracanes severos generan costos fiscales significativos y persistentes en Centroamérica y el Caribe, con una deuda pública que termina siendo aproximadamente un 18 % más alta tres años después de una tormenta severa de lo que habría sido sin el evento. Honduras, por su posición geográfica en el corredor atlántico de huracanes, es una de las economías más expuestas de toda la región a este riesgo, como lo demostraron el Huracán Mitch en 1998 o las tormentas Eta e Iota en 2020.

El informe del BID presenta a Jamaica como hoja de ruta práctica para la región. El archipiélago encajó en octubre de 2025 un huracán de categoría 5 cuyos daños equivalen al 41 % de su PIB y, sin embargo, al momento de la publicación del informe no se esperaba que su ratio deuda/PIB superara el 60 % actual. El secreto: más de una década de superávits primarios por encima del 6 % del PIB, combinados con una estrategia de financiamiento de riesgos multinivel que incluye bonos catastróficos, seguros y líneas de crédito contingentes con organismos multilaterales.

Honduras, cuyo historial fiscal y cuya cobertura de riesgo están lejos de ese estándar, tiene aquí una hoja de ruta que no puede seguir ignorando. La diferencia entre los dos países no es geográfica ni económica: es institucional.

Política monetaria: en el grupo de los que no tienen ancla formal

En el capítulo sobre las autoridades monetarias, el BID clasifica a Honduras en la categoría denominada «otros», que agrupa a los países que no tienen ni un tipo de cambio completamente fijo ni un esquema formal de metas de inflación. La compañía es heterogénea: Argentina, Bolivia, Guyana, Haití, Nicaragua, Suriname y Trinidad y Tobago. El bloque de países con metas de inflación —Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Guatemala, Jamaica, México, Paraguay, Perú y Uruguay— ha experimentado una inflación estable desde 2024, con la economía mediana de vuelta a su meta, y sus marcos de política les han dado mayor credibilidad ante los mercados.

El régimen de banda de flotación administrada que gestiona el Banco Central de Honduras le ha proporcionado cierto margen de ajuste ante los choques externos sin perder del todo el control inflacionario. Pero el BID advierte que en el entorno actual, caracterizado por condiciones financieras globales restrictivas y una percepción de riesgo volátil, los países sin marcos monetarios más formales y transparentes enfrentan mayor dificultad para enviar señales claras y creíbles a los mercados financieros internacionales. Eso tiene un costo en términos de acceso al financiamiento externo y en los diferenciales de riesgo que los inversores exigen.

El bono demográfico que se agota: la productividad como asignatura pendiente

Más allá de los datos específicos de Honduras, el informe del BID plantea un desafío estructural que afecta a toda Centroamérica con particular intensidad. La descomposición del crecimiento entre 1960 y 2019 muestra que la región centroamericana creció a un ritmo promedio del 2,1 % anual, pero con una contribución del factor trabajo del 0,8 % —la más alta de América Latina— y una aportación de la productividad total de los factores de apenas el 0,5 %, mientras que la contribución del capital fue negativa en ese largo período.

El mensaje es inequívoco: Centroamérica —y Honduras dentro de ella— ha crecido principalmente porque cada año entraban más personas al mercado de trabajo, no porque cada trabajador produjera más. Ese modelo tiene fecha de vencimiento. La población en edad de trabajar crece más lento que antes en toda la región, y el punto de inflexión demográfico se acerca. Cuando llegue, el crecimiento ya no podrá apoyarse en la expansión del factor trabajo, y la productividad —hoy en rezago— deberá tomar el relevo.

A medida que se ralentiza la expansión de la población en edad de trabajar y aumentan los índices de dependencia, la capacidad de la región para sostenerse del aumento de la mano de obra como fuente de crecimiento se reduce. La productividad cobra protagonismo como motor esencial.

La digitalización y la inteligencia artificial son el otro gran eje del informe en este ámbito. El BID documenta que entre el 15 y el 25 % de las vacantes publicadas en línea en América Latina exigen ahora competencias digitales explícitas, y que las ofertas que mencionan inteligencia artificial alcanzaron el 7 % del total en junio de 2025, el nivel más alto jamás registrado. Las ofertas relacionadas con la IA ya no aparecen únicamente en campos técnicos como la robótica o la ciencia de datos, sino también en funciones creativas, análisis empresarial y roles administrativos, lo que refleja una difusión transversal de estas herramientas en el conjunto del mercado laboral.

Para Honduras —con brechas importantes en conectividad y formación técnica—, este proceso representa tanto un riesgo de quedar rezagada en la atracción de inversiones como una oportunidad de insertarse en cadenas de valor de mayor contenido, siempre que se invierta a tiempo en capital humano. La ventana está abierta, pero no estará abierta indefinidamente.

Tres activos, tres urgencias: la encrucijada hondureña

La fotografía que el informe del BID 2026 toma de Honduras puede resumirse en tres activos y tres urgencias que deben leerse en paralelo, porque cada fortaleza tiene su contrapartida de vulnerabilidad.

Los activos son reales y cuantificables. Las remesas superiores al 20 % del PIB representan un flujo de divisas que ninguna política de atracción de inversión extranjera ha logrado igualar en décadas, y que en el corto plazo seguirá siendo el principal estabilizador macroeconómico del país. Las reservas internacionales por encima del 20 % del PIB colocan a Honduras en la élite regional de cinco países con mayor capacidad de absorción de choques externos, un activo de enorme valor en un entorno global volátil. Y el crecimiento modesto pero constante del empleo en la región señala que el mercado laboral centroamericano, incluyendo el hondureño, sigue generando oportunidades, aunque de forma desigual y con bajo contenido de productividad.

Pero los tres activos tienen sus tres urgencias simétricas. La dependencia de las remesas es también una vulnerabilidad estructural de primer orden ante cualquier cambio en la política migratoria estadounidense, ante una recesión en ese mercado laboral o ante variaciones en el tipo de cambio que deterioren el poder adquisitivo de las transferencias. Las reservas deben preservarse activamente y no erosionarse silenciosamente para financiar déficits recurrentes que el marco fiscal actual no tiene instrumentos suficientes para controlar. Y el empleo que se crea hoy es mayoritariamente de baja productividad, en servicios tradicionales, cuando el mundo avanza hacia una economía donde el 7 % de las vacantes ya exige competencias en inteligencia artificial.

La resiliencia no implica inmunidad. A pesar de los resultados recientes, el crecimiento sigue siendo modesto. Las limitaciones estructurales de larga data —en particular el débil crecimiento de la productividad— siguen restringiendo la capacidad del país para generar aumentos sostenidos e inclusivos de los ingresos. Las condiciones de financiamiento siguen siendo restrictivas, y el aumento de los pagos de intereses ejerce una presión creciente sobre las finanzas públicas y las cuentas externas.

El mensaje central es claro: hay que preservar la resiliencia, pero la resiliencia por sí sola no es suficiente. El crecimiento duradero dependerá de la reconstrucción de los amortiguadores, el fortalecimiento de las instituciones y la adopción de políticas que conviertan el cambio tecnológico y los recursos naturales en ganancias sostenidas de productividad.

La urgencia institucional —fortalecer los marcos fiscales, mejorar la calidad del gasto, construir instrumentos de protección ante desastres naturales similares a los que Jamaica tardó más de una década en edificar— es la que más directamente determina si Honduras aprovecha sus fortalezas o si las desperdicia en la próxima crisis. No se trata de tecnicismos presupuestarios: se trata de la capacidad del Estado para gestionar la riqueza que el país tiene —y que principalmente llega desde el exterior— con una visión de largo plazo.

En el contexto de un 2026 marcado por tasas de interés mundiales elevadas, incertidumbre geopolítica y una reconfiguración acelerada de las cadenas globales de valor, Honduras llega con munición real: divisas, reservas y una fuerza laboral que sigue empujando. La pregunta que el informe del BID deja abierta —y que FNN seguirá monitoreando a lo largo del año— es si el sistema institucional del país está a la altura de administrar esos recursos con la visión que la coyuntura exige.


Fuente: Informe Macroeconómico de América Latina y el Caribe 2026 — Resiliencia y perspectivas de crecimiento en una economía global cambiante. Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Autores principales: João Ayres y Luciana Juvenal. Economista jefe: Laura Alfaro Maykall.