Lo que esta semana ha salido a la luz en la Cancillería no es un “malentendido político” ni un simple cambio de rumbo: es una amenaza directa contra miles de hondureños que sostienen este país con el sudor de su frente, desde el otro lado de la frontera.
El TPS no es un cheque en blanco. Es un beneficio otorgado por Estados Unidos que depende de relaciones diplomáticas estables y de la confianza mutua. Y esa confianza no se gana a punta de discursos ideológicos ni abrazando regímenes que han sumido a sus pueblos en hambre, represión y miseria. Cuando el gobierno de Libre decide alinear la política exterior de Honduras con la de Nicolás Maduro, está jugando con fuego… y el humo de ese incendio no lo respirarán en Casa Presidencial, sino en los barrios y colonias donde las remesas son el único ingreso seguro.
La renuncia de Antonio “Tony” García, vicecanciller para Asuntos Migratorios, es un acto de dignidad. Deja claro que todavía hay funcionarios que piensan en la gente antes que en la foto política. Sus advertencias sobre las consecuencias para los migrantes no son alarmismo: son la voz de la experiencia, la de quien sabe que en Washington no olvidan ni perdonan señales de hostilidad.
A esto se suma el valiente pronunciamiento del embajador Rodolfo “Fofo” Pastor, denunciando corrupción y pérdida de rumbo dentro del propio gobierno. Cuando la diplomacia se convierte en circo y la política exterior en un desfile ideológico, lo que está en juego no es un puesto de trabajo: es el futuro de miles de familias que dependen de que Honduras sea vista como un socio confiable.
Los tepesianos —y todos los migrantes catrachos— no pueden convertirse en carne de cañón de un experimento político que solo beneficia a caudillos extranjeros. Sus remesas mantienen viva nuestra economía, pagan escuelas, llenan mesas y evitan que la pobreza se desborde todav
ía más. No merecen que su estabilidad esté a merced de caprichos ideológicos o alianzas que nada tienen que ver con nuestros intereses nacionales.
Honduras necesita una política exterior que se guíe por una sola brújula: la defensa del interés del pueblo hondureño. Todo lo demás es traición. Y en este momento, el país espera —y exige— que la Cancillería vuelva a ser un bastión de soberanía y no un simple eco de agendas ajenas.

