La lempira atraviesa uno de sus momentos más frágiles en la última década. Durante 2025, el tipo de cambio ha experimentado una caída cercana al 3.11% frente al dólar, convirtiéndose en la moneda más devaluada de Centroamérica, según datos del Banco Central y de organismos financieros regionales. Esta pérdida de valor no solo refleja presiones externas, sino también las consecuencias de las políticas económicas del actual Gobierno, que han debilitado la confianza interna y externa en la moneda nacional.
Aunque el contexto internacional ha presionado a varias divisas latinoamericanas, en el caso hondureño la depreciación ha sido más intensa de lo esperado. Analistas coinciden en que la combinación de una política fiscal expansiva, una creciente deuda pública y un bajo flujo de inversión extranjera ha generado un escenario de inestabilidad cambiaria. Mientras tanto, el Banco Central interviene con reservas internacionales que comienzan a mostrar señales de desgaste.
El encarecimiento de las importaciones, sobre todo de combustibles y alimentos, ha tenido un impacto directo en el poder adquisitivo de los hogares. Sin embargo, el efecto más visible se siente en las zonas fronterizas con Guatemala, El Salvador y Nicaragua, donde los ciudadanos deben intercambiar lempiras por quetzales, dólares o córdobas para realizar transacciones cotidianas. En estas áreas, la depreciación se traduce en pérdidas inmediatas al convertir la moneda, pues el tipo de cambio desfavorable obliga a pagar más por los mismos productos, afectando el bolsillo de quienes dependen del comercio transfronterizo.
En departamentos como Ocotepeque, Choluteca y El Paraíso, comerciantes y transportistas reportan que cada punto de devaluación se siente en las ventas diarias, ya que los productos importados aumentan de precio mientras los salarios permanecen estancados. La brecha con las monedas vecinas, más estables en los últimos meses, genera una especie de “inflación importada” que golpea con mayor fuerza a las familias que viven del intercambio económico con los países vecinos.
El Gobierno insiste en que la depreciación responde a factores globales, pero el sector privado atribuye el deterioro a la falta de claridad en la política cambiaria y a la incertidumbre jurídica que desalienta la llegada de divisas. A ello se suma la ejecución lenta de los proyectos productivos prometidos, que debía estimular la generación de empleo y fortalecer las reservas.
Los organismos internacionales han advertido que restablecer la disciplina fiscal y mejorar la transparencia en la gestión del gasto público son pasos imprescindibles para frenar la caída de la moneda. Mientras tanto, la población enfrenta un aumento sostenido en los precios, un poder de compra menguante y una creciente sensación de vulnerabilidad económica.
La depreciación de la lempira no solo evidencia debilidad financiera, sino también una pérdida de confianza colectiva en el manejo económico del país. De persistir esta tendencia, Honduras corre el riesgo de seguir encareciendo su vida cotidiana y debilitando su competitividad regional en un momento en que sus vecinos mantienen mayor estabilidad monetaria.

