La fe no se calla, aunque Libre se incomode

La fe no se calla, aunque Libre se incomode

En Honduras, la iglesia siempre ha sido un pilar de unidad, consuelo y guía moral. Cuando la política se ensucia, es muchas veces el púlpito el que recuerda que el pueblo merece justicia, paz y respeto. Pero hoy, en pleno 2025, vemos cómo el oficialismo —o quienes actúan bajo su sombra— le tiran piedras al templo, no con argumentos, sino con pancartas ofensivas colgadas en los puentes de Tegucigalpa.

El mensaje es claro: a Libre le incomoda que la iglesia llame a la oración y pida paz y democracia. Les molesta que miles de catrachos se reúnan sin necesidad de banderas políticas, porque saben que eso es poder ciudadano, no poder partidario. Y cuando el poder se siente amenazado, ataca.

La Caminata por la Paz y la Democracia de este 16 de agosto no es un mitin político, es un grito del pueblo que quiere vivir sin miedo, sin corrupción y sin imposiciones ideológicas. Pero la respuesta desde los círculos afines al gobierno ha sido de descalificación y desprestigio, como si orar fuera un acto subversivo.

Libre debe entender que Honduras no le pertenece a un partido, y mucho menos la fe de su gente. Atacar a la iglesia es jugar con fuego: no solo polariza más al país, sino que erosiona el poco capital moral que les queda. El pueblo catracho es creyente, y cuando siente que su fe es atacada, se defiende.

En un país donde los políticos fallan, los pastores y sacerdotes todavía llenan plazas. Y eso es lo que más teme el oficialismo: que el pueblo, unido en oración, se dé cuenta de que puede cambiar la historia sin pedirle permiso a Casa Presidencial.

Este sábado, las calles hablarán. Y el mensaje será más fuerte que cualquier pancarta anónima: la fe no se vende, no se negocia y mucho menos se calla.