La fe no se predica, se gobierna

La fe no se predica, se gobierna

La presidenta Xiomara Castro decidió responder a la caminata por la oración y la paz, encabezada por miles de hondureños y por las iglesias, poniéndose el traje de “pastora” y sermoneando al país con una frase que pretende ser lapidaria: “La fe no se grita en marchas ni en pancartas, se demuestra con hechos”.

El problema es que los hechos de su gobierno no predican fe, ni esperanza, ni mucho menos resultados concretos. Hablar de obras y seguridad desde la Casa Presidencial contrasta con la realidad diaria: comunidades enteras asfixiadas por la violencia, una economía sin rumbo y una ciudadanía que, precisamente por eso, recurrió a las calles y a la oración.

La presidenta menosprecia la movilización de las iglesias, como si fuese un espectáculo vacío, cuando en realidad fue una expresión masiva de hartazgo y clamor espiritual frente a la crisis. Pretender descalificar desde el púlpito presidencial es no entender el momento histórico: los hondureños no buscan sermones, buscan un liderazgo efectivo.

Castro se proclama como guía moral, pero se olvida de que no fue elegida para ser predicadora, sino gobernante. Y gobernar implica resultados medibles: menos homicidios, menos pobreza, menos corrupción, más empleo. Eso, y no discursos cargados de superioridad, es lo que demostraría con hechos.

En vez de confrontar a las iglesias y a quienes marcharon, la presidenta debería escuchar. Porque mientras ella sermonea en los actos propagandísticos financiados con dinero público, el país clama desde las calles. Y esa voz, aunque no le guste, pesa más que cualquier homilía improvisada.