Las carreteras matan: Honduras mira

Las carreteras matan: Honduras mira

El fin de semana del 31 de mayo, 21 hondureños murieron en las carreteras del país en un solo periodo de 48 horas. No fue una tragedia excepcional. Fue un fin de semana normal en Honduras.

Una epidemia que se mide en cadáveres

Las cifras ya no admiten eufemismos. Al cierre de mayo de 2026, Honduras acumulaba 701 muertes por accidentes de tránsito, a un ritmo de cinco fallecidos diarios que puede duplicarse cualquier fin de semana. El año 2025 cerró con 1,894 muertos, siete más que 2024. El año anterior había cerrado con más que el anterior. La tendencia no se invierte, apenas oscila.

Los accidentes de tránsito son la segunda causa de muerte violenta en Honduras, solo superada por los homicidios. No es una estadística marginal: es una emergencia de salud pública que el Estado ha normalizado con la misma resignación con que se normalizan otros males nacionales. Cinco mil novecientos siniestros en lo que va del año, más de 700 muertos, y la respuesta institucional se limita a comunicados y llamados a la prudencia.

El perfil de la víctima que nadie quiere ver

Los datos de la Dirección Nacional de Vialidad y Transporte (DNVT) trazan un retrato preciso de quién muere en las carreteras hondureñas. El 46.7 por ciento de las víctimas fatales son motociclistas. De cada diez percances atendidos por las autoridades, siete involucran motocicletas. Casi el 51 por ciento de los fallecidos en este 2026 no contaba con licencia de conducir al momento del accidente.

La motocicleta se ha convertido en el vehículo de la pobreza y de la muerte simultáneamente. En un país con transporte público deficiente e ingresos bajos, la moto es la única opción de movilidad accesible para cientos de miles de hondureños. El mismo vehículo que les permite trabajar es el que los mata, en un contexto donde circulan sin formación, sin protección legal y, con frecuencia, sin casco. Ignorar ese vínculo entre pobreza, movilidad y siniestralidad es una forma de cinismo institucional.

Honduras, el único país de Centroamérica sin seguro vehicular obligatorio

Este es el dato que más incomoda y que menos se discute: Honduras es el único país de Centroamérica que no exige un seguro obligatorio para vehículos. Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Guatemala en el transporte interurbano, El Salvador con su fondo de atención a víctimas, todos tienen algún mecanismo que garantiza cobertura a las personas afectadas por un accidente de tránsito. Honduras, no.

Lo que eso significa en la práctica es muy duro. Cuando un conductor sin seguro atropella a un peatón, embiste una motocicleta o provoca un accidente con heridos graves, las víctimas quedan a merced del sistema público de salud, de la caridad familiar o de la deuda. No hay aseguradora que cubra los gastos médicos, no hay indemnización por incapacidad permanente, no hay respaldo funerario garantizado. El costo recae sobre quien menos puede asumirlo: la familia de la víctima y el Estado.

La DNVT estima que los accidentes viales le cuestan a Honduras el 5.6 por ciento del Producto Interno Bruto. Es un número que debería paralizar cualquier debate presupuestario. Un país que destina recursos escasos a salud, infraestructura y seguridad está subsidiando de manera silenciosa el costo de una epidemia que podría atenuarse con regulación.

Un anteproyecto que lleva décadas en el cajón

La propuesta de un seguro vehicular obligatorio no es nueva en Honduras. Ha sido discutida en el Congreso Nacional desde al menos 2006, cuando el entonces diputado Tomás Zambrano presentó un proyecto que nunca prosperó. Dos décadas después, la DNVT anuncia que avanza en un anteproyecto que contempla un seguro de daños a terceros y un seguro de vida para conductores. El documento está en fase técnica. Se analiza con diferentes sectores. No tiene fecha de aplicación definida.

Mientras el anteproyecto se analiza, mueren cinco hondureños por día. La matemática es sencilla: desde que la DNVT anunció en marzo que avanzaba en la propuesta, han fallecido en las carreteras del país más de trescientas personas. Cada semana de demora legislativa tiene un costo humano mensurable.

Las causas que sí se pueden atacar hoy

El exceso de velocidad, la ingesta de alcohol, el uso del teléfono al conducir, los adelantamientos en zonas prohibidas y el irrespeto a semáforos y señales son, según la propia DNVT, las causas dominantes de la siniestralidad vial. Ninguna requiere una reforma legislativa para ser combatida: requieren fiscalización sostenida, sanciones efectivas y una cultura institucional que trate la norma de tránsito como una norma real y no como una recomendación opcional.

La DNVT reporta operativos diarios en los que se sancionan más de 800 conductores a nivel nacional. La cifra suena robusta hasta que se contrasta con el universo de vehículos en circulación y con la persistencia de los mismos comportamientos año tras año. La sanción que no se aplica de manera sistemática no disuade: acostumbra. Y Honduras lleva décadas acostumbrando a sus conductores a que las reglas de tránsito son negociables.

Lo que el Estado le debe a sus muertos

Cada uno de los 701 hondureños fallecidos en accidentes de tránsito en lo que va de 2026 dejó una familia. Muchos dejaron dependientes económicos. La mayoría murió en un accidente evitable, en un país donde el Estado no exige seguro, no garantiza cobertura a las víctimas, no ha aprobado en veinte años la legislación que otros países de la región tienen como estándar básico y donde la educación vial es una asignatura pendiente desde la primaria.

La seguridad vial no es un tema de tráfico. Es un tema de justicia y debe ser un tema de Estado. Mientras Honduras no lo trate como tal, las carreteras seguirán cobrando su cuota semanal con la puntualidad que el Estado no ha tenido para responder.