En Libre andan confiados, casi celebrando por adelantado, que el 18 de noviembre habrá un fallo judicial en EEUU que salvará a los tepesianos. Como si fuera cosa segura, como si la justicia de otro país trabajara al ritmo de sus discursos. Pero la pura verdad es que el TPS ya se acabó hoy 8 de septiembre y, desde hoy, nuestros paisanos viven con la soga al cuello.
Nuestros compatriotas no viven de ilusiones, viven con miedo a perder el chance de trabajar, a que los deporten de la noche a la mañana. Y mientras tanto, ¿qué hace el gobierno? Nada de nada. El propio Wilson Paz Reyes, director de Migración, lo dijo clarito: no hay plan específico, solo la asesoría en consulados y el programa ‘Hermano, Hermana, Vuelve a Casa‘, que es básicamente un recibimiento con un bono, un bolsón de comida y una palmadita en la espalda. Eso sirve para el que vuelve, pero no para el que está peleando por quedarse legal en el norte.
Aquí está el clavo: Libre no tiene política migratoria, solo tiene fe. Fe en que un tribunal les resuelva el problema. Fe en que los tepesianos sigan mandando remesas aunque el gobierno los tenga olvidados. Fe en que la gente se trague el cuento de que “todo va bien”.
Pero los hondureños no comen cuentos. Los que mantienen a este país son los migrantes, no los políticos de escritorio. Y cada dólar que entra es fruto del sudor de los que hoy viven en el puro filo de la incertidumbre.
Apostarle a un milagro judicial no es gobernar. Es lavarse las manos. Es darle la espalda a la diáspora. Es condenar a miles de hondureños a seguir viviendo en la incertidumbre, mientras el gobierno se cruza de brazos.

