Las elecciones en Honduras dejaron un mensaje tan claro como incómodo: Libre ha sufrido una derrota contundente, una que no se explica con fantasmas ni conspiraciones, sino con la voluntad expresada en las urnas por una ciudadanía cansada, crítica y plenamente consciente de su poder y de sus abusos de poder, encarnados por Luis Redondo, el peor presidente del Congreso que ha visto la historia. Ocho de cada diez votantes se decantaron por opciones distintas al oficialismo, enviando un veredicto que difícilmente puede ignorarse.
Sin embargo, la reacción del partido todavía gobernante es la del boxeador noqueado, que cree que la pelea sigue su curso, mientras agoniza en la lona. En la derrota, Libre no ha estado a la altura de ese mensaje. Tampoco era esperable. Resuenan las palabras del hermano de la candidata oficialista por inesperadas y correctas: hay que saber perder y marcharse con dignidad. Si alguna tuvo la candidata del encendido discurso antitodo y antitodos, llevamos dos días sin verla.
En vez de asumir los resultados con responsabilidad democrática, Libre ha optado por refugiarse en relatos de fraude, discursos de victimización y teorías de conspiración que no encuentran sustento en los datos ni en las misiones de observación. Las “narrativas” —o mejor dicho, los cuentos— no han logrado convencer a un electorado que ya no está dispuesto a aceptar excusas.
Lo verdaderamente preocupante es que, frente a una derrota tan clara, algunos sectores de Libre insistan en promover tensiones, convocar a movilizaciones abruptas de colectivos partidarios o incluso tratar de entorpecer la labor institucional de las consejeras del CNE, cuya comparecencia pública prevista para este martes es parte esencial de la transparencia electoral. Ningún resultado, favorable o adverso, debería justificar presiones indebidas sobre autoridades que cumplen una función técnica y constitucional.
A ello se suma la actuación de figuras como Marlon Ochoa, quien durante la jornada electoral protagonizó momentos que rozaron lo absurdo: denuncias inconsistentes, acusaciones sin respaldo y apariciones públicas que terminaron por deteriorar aún más la credibilidad del partido. Cuando la dirigencia responde con estridencia en lugar de evidencia, el daño político se multiplica.
Libre deberá decidir si aprende del mensaje electoral de la ciudadanía o si sigue negando la realidad. El país, en cambio, ya habló y votó. Y lo hizo con contundencia contra Libre.

