Manuel José Arce: el primer fraude electoral de Centroamérica y las lecciones para Honduras

Manuel José Arce: el primer fraude electoral de Centroamérica y las lecciones para Honduras

En 1824, cuando la Federación Centroamericana apenas comenzaba a caminar, Manuel José Arce escribió una página oscura en nuestra historia. Oficialmente electo presidente, en realidad llegó al poder tras un manoseo del resultado electoral que hoy llamaríamos, sin miedo, fraude técnico.

El liberal hondureño José Cecilio del Valle había ganado la mayoría de votos, pero el Congreso —controlado por aliados conservadores de Arce— interpretó la ley a su conveniencia. Alegaron que Del Valle no alcanzó la “mayoría absoluta” exigida y, con ese artilugio, coronaron a Arce. Fue el primer golpe bajo a la naciente democracia centroamericana, un precedente de que, cuando las élites se confabulan, el pueblo queda fuera de la jugada.

Ya en la presidencia, Arce traicionó a sus aliados liberales, abrazó al clero conservador y persiguió a opositores. Gobernó en función de una élite, sembrando desconfianza en el voto popular y debilitando la federación hasta su ruptura.

Casi dos siglos después, Honduras vive ecos inquietantes de aquel episodio. Libre y su “familión” operan con la misma lógica: asegurar el control del árbitro electoral, manipular los procesos internos y, si el voto no les favorece, tener el terreno listo para desconocerlo o torcerlo. Lo vimos en la crisis del CNE, en la presión a sus consejeros, en el intento de monopolizar el TREP y en la movilización de colectivos para intimidar.

La diferencia entre 1824 y 2025 es que hoy el pueblo hondureño ya sabe leer estas jugadas. Pero la amenaza es la misma: quedarse con el poder no por la voluntad popular, sino por la manipulación de las reglas. Lo que Arce hizo con discursos solemnes y leyes retorcidas, Libre lo hace con despliegues callejeros, propaganda y control institucional.

En FNN lo decimos claro: la historia de Arce no es una reliquia, es un espejo. Si la democracia se deja manosear otra vez, volveremos a pagar el precio que pagó la Federación: la fragmentación, la división y la pérdida de soberanía ciudadana. Y esta vez, no habrá excusa de que no sabíamos cómo terminaba la historia.