En la foto de la bendición del padre Leopoldo Serrano ayer en el CNE, hay un detalle que no pasa desapercibido: todos inclinan la cabeza en señal de respeto, menos Marlon Ochoa.
Ese gesto, que parece pequeño, en política dice mucho. Mientras el sacerdote pide humildad, reconciliación y paz, el consejero de Libre se muestra firme, erguido, sin ceder ni un centímetro. No baja la cabeza, y con ello manda un mensaje claro: no es la fe ni la unidad lo que guía sus pasos, sino la arrogancia del poder.
El CNE es un órgano que debería inspirar confianza y transparencia, lo mínimo que se espera es humildad ante el clamor ciudadano. Pero lo que vimos fue lo contrario: un consejero que, hasta en un acto espiritual, deja claro que su línea es de confrontación y soberbia.
El CNE necesita menos actitudes altivas y más respeto al pueblo. Porque lo que está en juego no es un gesto, sino la credibilidad del proceso electoral que se avecina.

