Mel ya no nos engaña, pero el viejo vaquero sigue siendo peligroso

Mel ya no nos engaña, pero el viejo vaquero sigue siendo peligroso

Mel Zelaya habló en HRN con la calma de quien quiere transmitir control, pero su visita no fue para aclarar el escándalo que dejó el respaldo de Xiomara Castro a Nicolás Maduro “en nombre de todo el pueblo hondureño”. No. Vino a mover el foco, a cambiar la conversación, a vendernos otro tema: la Constituyente “en la visión” de Libre, aunque —dice él— “hoy no hay ambiente”.

Lo conocemos. Mel es experto en eso: cuando la presión aprieta, cambia de frente. No habló del costo político de abrazar a un dictador que persigue a su oposición, cierra medios y manipula elecciones. Prefirió apuntar contra “trogloditas” y anunciar movilizaciones callejeras. Lo de Maduro quedó enterrado entre frases rimbombantes, como si Honduras no hubiera visto ni oído nada.

Pero aquí nadie se chupa el dedo. El pueblo sabe que ese espaldarazo a Maduro no fue un lapsus, fue una posición de Estado, y que el ruido que provocó fue tal que hasta hubo renuncias en Cancillería. El daño está hecho. Lo que Mel intenta es control de daños: sustituir la conversación internacional por su vieja bandera interna.

Y ahí entra su segunda jugada: las marchas de los colectivos. Primero, anunció un despliegue desde el 1 de agosto “en defensa de Rixi” y para presionar al árbitro electoral. Luego reculó y fijó el plato fuerte para el 30 de agosto. Cambio de fecha, mismo guion: mostrar músculo y mandar un mensaje de advertencia al Consejo Nacional Electoral. Ya presumió que tiene “más de 30 mil colectivos” listos para movilizarse. Y no es solo retórica: ya irrumpieron en el Congreso durante una comparecencia de los consejeros titulares del CNE, impidiendo que se llevara a cabo. Eso es fuerza de choque, no democracia.

Este libreto lo hemos visto antes, aquí y en otros países: la calle como herramienta de intimidación, el árbitro electoral como blanco, el control de las instituciones como objetivo. En el caso hondureño, la Corte Suprema de Justicia, el Congreso Nacional, el Ministerio Público y hasta el sistema TREP están bajo influencia directa o indirecta de Libre. Todo esto con la vista puesta en el 30 de noviembre, cuando se juegan las elecciones y, con ellas, el futuro del país.

Mel puede intentar suavizar el discurso y decir que “hoy no hay ambiente” para una Constituyente, pero cada movimiento apunta a lo contrario: mantener la presión, moldear el clima político, dejar claro que, gane o pierda, Libre quiere seguir mandando. Y ahí está el peligro: no en las palabras suaves, sino en la capacidad real de movilizar gente, bloquear procesos y desgastar a la institucionalidad.

En buen catracho: Mel ya no nos engaña, pero el viejo vaquero sigue teniendo colmillo. Y cuando un político con colmillo se planta frente a unas instituciones débiles, el riesgo es que la democracia termine arrodillada. Por eso, más que nunca, toca defender las reglas, proteger al árbitro y cuidar el voto. Porque las urnas no pueden ser reemplazadas por colectivos a la carta ni por discursos que cambian de tema cada vez que la cosa se pone fea.

Honduras no está para trucos. Está para ley, árbitro independiente y resultados claros. Lo demás es humo. Y este humo, por más que lo maquillen, huele a lo mismo: quedarse en el poder cueste lo que cueste.