El sistema de salud en Honduras ya no da más. Entre pasillos vacíos y quirófanos sin medicinas, la gente ya no habla de esperanza, sino de resistencia. Pacientes que antes encontraban un remedio, ahora encuentran recibos que no pueden pagar. Enfermeros desolados, médicos en huelga y un gobierno que, entre “proyectos de refundación”, deja morir un derecho fundamental: el acceso digno a la salud.
En el Hospital Escuela, el principal centro médico del país, una mujer pasó dos meses después de una operación sin recibir medicamentos. Su familia tuvo que gastar 50,000 lempiras en exámenes y medicinas que el sistema no proporcionó. Decenas más, en hospitales y centros de salud, pagan consultas de 5, 20 o hasta 150 lempiras, según el servicio. En teoría, esos gastos deberían estar cubiertos; en la práctica, tu bolsillo es quien decide si vives o no.
Los médicos entraron en huelga, cansados de promesas incumplidas y sueldos atrasados. La respuesta del gobierno fue tardía y tibia: no resolvió el problema, solo lo hizo visible. En los hospitales públicos, se ve gente atendida en el suelo, esperando en salas insoportables, sin insumos y sin citas durante semanas o meses.
A nivel institucional, la situación es lamentable. Las autoridades prometieron aumentar el presupuesto, pero entre 2024 y 2025 ese fondo apenas creció un 0.5 %, o sea, solo 388 millones de lempiras adicionales, mientras otras secretarías recibían incrementos multimillonarios. ¿Dónde quedaron las reformas cuando el país prometía “refundar” la salud pública?
En números, la crisis también es evidente. Honduras necesita al menos 49,000 millones de lempiras para salud, pero recibió solo 29,000 millones. El déficit de 20,000 millones no se cubre con discursos: se cubre con camas dignas, con insumos, con médicos en sus puestos y hospitales que funcionen. Pero eso, hasta ahora, solo es una promesa más que cuelga en el aire.
Si esto fuera una película, el sistema estaría ya en colisión. Pero es la vida real: madres que viajan desde horas antes para una cita, abuelas que pierden un ojo porque no logran pintar sus gotas, hombres y mujeres que van a hospitales públicos solo si el dolor los aplasta. Y cuando se van, llevan la conclusión de que vivir bien en Honduras no se resuelve con promesas, sino con soluciones reales que no llegan.
Una frase de Samuel Santos, presidente del Colegio Médico, resume el cuadro: “La radiografía es la misma de hace 40 años; no nos hemos movido nada”. Eso no es nostalgia, es condena.
Este sistema de salud no solo se derrumba: está siendo esculpido por la inacción política. Y mientras eso pasa, el derecho más elemental se convierte en privilegio de quienes pueden pagar. Pero cuidado: un país que no puede cuidar a su gente está condenándose a perder a su gente. Y eso, en cualquier idioma, es un error imperdonable.

