La crisis postelectoral que atraviesa Honduras ha dejado al descubierto una contradicción inquietante dentro de Libertad y Refundación (Libre).
Mientras Manuel Zelaya y Rixi Moncada, figuras centrales del partido y con acceso directo a los datos internos de la contienda, han admitido la derrota sufrida en las urnas, los principales representantes institucionales del movimiento —la presidenta Xiomara Castro y el titular del Congreso, Luis Redondo— se niegan a aceptar los resultados preliminares emitidos por el Consejo Nacional Electoral (CNE), apostando por una narrativa de desconocimiento que profundiza la tensión política en el país.
Este contraste no es casual ni menor. Muestra una fractura dentro del propio oficialismo que, lejos de encaminarse hacia la responsabilidad democrática, parece dar prioridad al discurso incendiario. Xiomara Castro, ausente durante los momentos determinantes del proceso electoral, rompió su silencio únicamente para avivar la confrontación con señalamientos de injerencia extranjera y retrasos provocados por supuestas maniobras contra su partido. Su intervención tardía no ofreció calma ni liderazgo; por el contrario, añadió combustible a un ambiente ya cargado de incertidumbre.
En paralelo, Luis Redondo, cuya figura se ha vuelto una de las más cuestionadas en el escenario político reciente, reaccionó al no obtener la reelección como diputado denunciando fraude y manipulaciones. Incluso ha manifestado que si no hay declaratoria antes del 30 de diciembre, el Congreso actuará. La ciudadanía, sin embargo, ya había manifestado su veredicto en las urnas. Su salida del Congreso refleja un rechazo que no es coyuntural: durante su gestión como presidente del Legislativo acumuló controversias, crisis internas y señalamientos que lo posicionaron como uno de los presidentes del Congreso con peor evaluación en la historia democrática del país.
Mientras tanto, en contraste con el discurso institucional de Libre, tanto Mel Zelaya como Rixi Moncada han reconocido que los números no favorecen a su partido. Este reconocimiento, aunque políticamente costoso, responde a la realidad que muestran los datos: Libre quedó relegado en la contienda, fue derrotado con severidad y no tiene espacio estadístico para revertir su derrota. Que la dirigencia partidaria acepte los resultados mientras sus representantes en el poder los rechazan revela un choque interno que evidencia más una lucha por controlar la narrativa que un compromiso con la democracia.

