Bajo la presidencia de Luis Redondo, el Congreso Nacional atraviesa uno de los periodos más cuestionados en la historia reciente. La inactividad legislativa, el uso discrecional de fondos públicos y los viajes internacionales sin rendición de cuentas han consolidado la percepción de que este es el peor Congreso de las últimas décadas.

La Red de Defensa de la Democracia ha denunciado un patrón de opacidad y despilfarro en el manejo de recursos. Según la organización, el Legislativo se ha convertido en una institución que consume enormes cantidades de dinero sin generar beneficios concretos para la ciudadanía. Los fondos, advierten, se estarían orientando más hacia fines de electoralismo y clientelismo político que a la función real de legislar.
A esta crítica se suma la falta de actividad parlamentaria. Durante semanas, el Congreso ha permanecido prácticamente paralizado, sin sesiones regulares y con leyes urgentes estancadas. Pese a ello, los diputados siguen recibiendo salarios, viáticos y beneficios, lo que alimenta la indignación ciudadana y la sensación de que se trata de un poder del Estado atrapado en la ineficiencia y el oportunismo político.
El viaje a China: un símbolo de la desconexión
En medio de esa inactividad, un grupo de 26 diputados viajó recientemente a la República Popular China. El jefe de la delegación, Rasel Tomé, aseguró que su presencia en ese país “no es un acto fortuito; es la consecuencia lógica de una decisión histórica bajo el gobierno de Libre y el liderazgo de la presidenta Xiomara Castro”.
Este viaje ha incluido encuentros con autoridades y la visita a municipios para conocer de primera mano su actividad y proyectos. Para Libre, se trata de profundizar una relación ideológica con China, pero la visita ha encendido alarmas en Washington, que observa con recelo la creciente cercanía del gobierno hondureño con Pekín. De hecho, autoridades estadounidenses han comenzado a investigar y retirar visas a funcionarios y familiares que mantengan vínculos con el régimen chino.
Mientras tanto, la población hondureña percibe este viaje como un privilegio financiado con fondos públicos en un momento en el que el Congreso debería estar sesionando y atendiendo las necesidades del país. Para muchos, se trata de turismo político disfrazado de misión parlamentaria.
Fondos públicos en la mira
Otro de los puntos más delicados son los manejos de dinero asignados al Congreso. Organizaciones ciudadanas han señalado que los recursos destinados a ayudas sociales y subvenciones han terminado convertidos en herramientas de control político y proselitismo. Se han autorizado desembolsos millonarios a discreción, sin claridad en los beneficiarios ni informes de resultados.
Este uso electoralista de los fondos públicos refuerza la percepción de que el Congreso está al servicio de intereses partidarios y no de la nación. Las acusaciones se centran en que estas partidas se utilizan para mantener redes clientelares, reforzar alianzas y preparar el terreno para procesos electorales futuros.
Un Congreso en crisis de legitimidad
La combinación de inactividad, opacidad en los gastos, viajes internacionales cuestionados y manejo electoralista de los recursos ha erosionado la credibilidad del Poder Legislativo. La Red de Defensa de la Democracia lo resume de forma contundente: el Congreso de Luis Redondo es un poder “opaco, ineficiente y entre los más corruptos de la región”.
Cada semana que pasa, el descrédito crece, y los hondureños ven cómo la institución llamada a representar sus intereses se aleja cada vez más de la realidad nacional. Bajo la presidencia de Luis Redondo, el Congreso Nacional no solo ha perdido capacidad de legislar, sino que también ha hipotecado su legitimidad ante la ciudadanía y la comunidad internacional.

